Mi azotea, siempre disponible a callar y a mantenerse para mí, fue el lugar donde yo haría lo previsto. Compré un colchón inflable, bastante cómodo, a pesar de tantas veces hacerlo en el suelo, ya era hora de darle un poco de decencia al asunto; unas sábanas blancas, algunas velas chicas, incienso de esencias hindúes, fresas, leche condensada, hielo, lubricante, todo bastante perfeccionado. Mi ideal era cualquier día, le dije a Lucas que estuviese preparado esta semana, pues cualquier día y a cualquier hora, le diría que llegó el momento. Intriga. Algo bastante sexy. Lo hice así, le pregunté un Martes en dónde se encontraba, eran las 6:00pm. Estaba saliendo de ensayo de baile, le dije que esperara afuera, que lo iba a pasar un taxi color rojo, que no se preocupara, que mi amiga estaría allí. Amanda llevaba todo, unas vendas y la pena encima, algo que después se le quitó, pues le parecía muy cómico todo aquello. Llegaron al lugar, él estaba esperando todo nervioso, Amanda lo saludó desde el carro y él se acercó, abrió la puerta trasera, en donde iba ella y empezó a saludar...
-Hola, ¿cóm...-
-Cállate, hoy tú no vas a hablar, no me conoces, no me deberías tener confianza, eres la presa y te espera el cazador- le dijo Amanda, algo que le dije que dijera, para asustarlo un poco y hacer el teatro bastante bien, ella le pasó la venda- Toma, te pones esto, rápido que no tenemos todo el día- Le amarró las manos bastante fuerte, que hasta se quejó del dolor. Se bajó del carro y dejándolo acostado en el asiento trasero, desde la ventanilla le dijo- Ni se te ocurra soltarte e intentar ver hacia dónde te llevan o te saldrá peor. Acabas de ser secuestrado-.
Lucas sabía del asunto, pero no imaginó que todo iba a ser tan misterioso, empezó a asustarse, pero este susto era bastante gustoso, el corazón le latía muy rápido y empezaba a desesperarse al no saber a dónde iba. Le había dicho al taxista que lo trajera a casa por el camino más largo, que si quería bajarse a comprar algo, lo hiciera y lo dejara un rato solo en el carro, pero vigilando de que no se quitara la venda. Dieron varias vueltas y luego me envió un mensaje avisándome que lo traería. 7:40pm, no había nadie en mi casa, pues mi mamá y mi padrastro se habían ido a una playa a la cual mentí al no querer ir. Yo lo esperaba en mi casa, un poco nervioso, claro, pero dispuesto a no demostrarlo, esta noche yo era el domador, debía demostrar que tenía el poder, debía demostrar que era el secuestrador. Malo.
Visualicé el carro rojo que venía cerca, era hora. Se estacionó el taxi en la puerta de mi casa, me dirigí a la puerta trasera, y ahí estaba acostado, vendado y con las manos atadas a la espalda, su bolso tirado a un lado; la imagen me causó risa, no imaginé a Amanda amarrándolo y diciéndole lo que le dije. Lo agarré por un brazo y lo senté. Se dio cuenta que era yo, debió ser por el olor de mi colonia, me preguntó que si se podía quitar ya la venda y que quería agua. Le dije que no y lo halé fuera del carro, un poco violento, pero con algo de delicadeza todavía. Me despedí del taxista y empezamos a subir las escaleras, poco a poco. Llegamos a la azotea y lo senté, me dijo que tenía sed y que quería agua, no se la iba a dejar tan fácil, primero me puse a encender las velas y luego el incienso, busqué agua y le subí la cabeza halado de los cabellos, le dije que abriera la boca y le fui echando agua desde altura hacia la boca. Tal cual un secuestrado, haciéndolo sufrir un poco, le dí un beso en la boca, terminando con un mordisco en el labio inferior. Le quité la venda para que viera todo aquello, el ver por vez primera, desde hace largo rato, se le hizo difícil, sonrió de manera pícara y me dio otro beso. Lo aparté y le volví a poner la venda. "Todavía eres mi secuestrado" le dije. Le desamarré las manos, para que pudiera estar más cómodo y pudiera tocarme fácilmente.
Lo llevé hasta el colchón y lo recosté, nos besamos largo rato, primero suavemente y luego de manera ruda, como me gustaba para la ocasión, mordiscos y roces, le fui besando el cuello poco a poco hasta llegar a la oreja, lamiéndolo y mordisqueando hasta hacerlo retorcer y gemir. Luego baje poco a poco con besos por encima de su franela, alguno que otro mordisco, las manos se las tenía agarradas con las mías, de manera que no pudiese moverse mucho en cada sensación débil que yo tocara. Le subí un poco la franela y empecé a besar su barriga, con respectivos suaves mordiscos y lamidas inesperadas, subí de nuevo a su pecho, acaricié suavemente sus tetillas y las lamí, una a una, dándome mi tiempo. Él, con los ojos vendados disfrutaba, se retorcía y gemía para mí, me excitaba todo aquello. Le quité la franela y volví a besarle en los labios, de nuevo su cuello; así lamí y mordisqueé sus lóbulos. Me llené los dedos índice y medio con un poco de lubricante sabor a fresa, para poder jugar un poco en su pecho, esto le producía un placer que lo hacía gemir, intenté jugar con su Punto W, empezando con roces desde su tetilla derecha, bajando hasta el ombligo, subiendo al esternón, bajando nuevamente al ombligo y así terminar en su tetilla izquierda; esto lo hice de la misma manera con besos y lamidas, aquello fue explosivo, soltó un gemido que lo hizo gritar y respirar de manera entrecortada, yo me reí para mis adentros y me dirigí hacia sus pantalones; fui desabrochándolos con paciencia y rozando mi boca con su miembro por encima del pantalón. Se los quité, lo dejé en boxers y empecé a besar y a rozar sus muslos, era increíble poder ver como la piel se le erizaba con cada toque y como su pene bombeaba en cada gemido que hacía. Lo disfrutaba, lo sé. Le quité el boxer y empecé a juguetear con su miembro en mi boca, caliente y erecto; comencé a darle sexo oral, lamiendo de arriba a abajo, rozando un poco con los dientes para cambiar la sensación, bajé hasta sus testículos para de igual manera el lamer fuese protagonista, así pasé un rato hasta que busqué el lubricante de nuevo y me llené el dedo índice para estimular su ano.
Antes de comenzar, me aparté y me quité igualmente toda la ropa, y allí estábamos los dos, desnudos, llevando la brisa nocturna de mi azotea, bajo una Luna llena que alumbraba perfectamente. Comencé a introducir mi dedo poco a poco, primero rozando por fuera para que así pudiera darme la bienvenida. Haciendo círculos, introduciendo y sacando mi dedo, lo veía excitado, intentando contenerse de otro retortijón, a lo que respiraba por la boca y de igual manera mordiendo sus labios. Así introduje mi segundo dedo, el dedo medio, de manera tal de estimular bien antes de introducir mi pene, erecto de igual manera. Jugué bastante bien con el lubricante hasta empezar a introducirle mi miembro. Poco a poco vi como desapareció mi glande dentro de su ano fácilmente, en donde comencé a hacer lo que tenía que hacer, adelante y hacia atrás, él delante de mí, con sus piernas abrazando mi espalda. Le besaba y mordisqueaba, su boca, su cuello... todo. Primero lento y luego pasando un poco más rápido. Intenté alcanzar la leche condensada y derramé un poco en sus labios, le besé y saboreamos los labios, el uno del otro. Así pasamos por largo rato hasta que mi eyaculación se hizo presente junto con la de él, gemimos, nos retorcimos y contraíamos, dimos una exhalación peculiar de satisfacción.
Él pensó que era el momento en que todo terminaba, pero sólo era el comienzo, le di placer, ahora faltaba él a mí. De nuevo besos y roces hicieron recuperar la libido necesaria para hacer que su miembro pudiese estar erecto. Él no veía nada, así que yo prácticamente hacía el trabajo; le llené su pene de lubricante y así jugueteé con él un momento. Cambié de posición y me le subí encima, dejándome ver como un jinete, introduciendo su miembro en mí, poco a poco, logrando que me penetrara satisfactoriamente. Empecé con movimientos regulares, arriba y abajo, que la penetración fluyera, dando círculos, despacio, amortiguando el paso, pasando a la penetración más rápida y profunda. Yo gemía y el sudor empezaba a correr por mi frente. Eyaculó. Me sonreí y él como pudo, llegó a agarrar mi pene para masturbarme y así lograr que lo hiciera yo también, no tardé en hacerlo. Qué placer. Agarré dos fresas y le coloqué una en la boca, la mordió y lo besé, así hice con la segunda, no sin antes rozarle la cara y el cuello. Estaba deshidratado, necesitábamos agua, tanto él como yo. Agarré la cava, me serví agua y le di un poco. Agarré un hielo y jugueteé con él en su pecho, creando líneas por las cuales seguían los besos y las lamidas. Fue un sexo increíble, me recosté a su lado, miré la Luna y sonreí, había cumplido mi fantasía sexual. Lo había hecho.
- ¿Ya me puedo quitar la venda? -preguntó.
- Sí, ya has pagado el rescate -le dije, y sonriéndonos, le quité la venda y nos volvimos a besar.
José Simons